LOS AÑOS.

Fueron tantos los años y tantas las vivencias compartidas en los circuitos de todo el país con Alberto Canapino, que cuesta seleccionar alguna para recordarlo, al tiempo que combato la tristeza que deja su partida a los 57 años al no recuperarse del coronavirus durante su internación en el Sanatorio Otamendi. Ahí van algunas de esas vivencias.

Alberto Canapino, en lo técnico, y su hijo Agustín en lo conductivo. Formaron un gran dupla que logró tres títulos consecutivos en el TC entre 2017 y 2019.

Me sorprendió aquel día en Bahía Blanca a mediados del 2005, en ocasión de una carrera de TC 2000, su sinceridad para reconocer que, a diferencia de la mayoría de los padres no había ayudado mucho a su hijo Agustín para comenzar a abrirse camino en el automovilismo. Por entonces Agustín corría en la Copa Megane, sólo era el hijo de Alberto y pocos imaginaban el nivel que alcanzaría con los años y sus múltiples títulos. “No le ponía los autos en las mejores condiciones para desalentarlo, pero él se las ingeniaba para andar rápido”, supo contar y enseguida aclaraba que “no quería que se dedicara al automovilismo porque es un deporte riesgoso y caro…” . Tuvo que rendirse ante la evidencia de los hechos que mostraban el gran talento de Agustín, y desde entonces fue su gran respaldo.

También recuerdo aquella cena que junto a otros colegas compartimos en Comodoro Rivadavia un viernes de un fin de semana de TC. Cosas del destino, para ocupar la mesa reservada tuvimos que esperar que terminara de cenar el Gurí Martínez, distanciado de Alberto tras aquella poco clara definición  del campeonato de TC en 2001 en Río Gallegos. Entre tantos temas, Alberto fue contundente a la hora de explicar el aumento de los costos. “Es culpa de los pilotos que por correr pagan lo que sea…”, sentenció.

Trabajador y estudioso, Alberto también participaba desde el año pasado en el equipo Chevrolet de Súper TC 2000 como responsable técnico. Había nacido en Arrecifes el 23 de mayo de 1963.

Imposible olvidar también esa angustia y preocupación dibujadas en su rostro la tarde de aquel viernes 11 de noviembre de 2011 en Balcarce, ante el tremendo vuelco de Agustín en la clasificación del TC. Alberto salió disparado rumbo al lugar del accidente. No le había alcanzado escuchar “Agustín está bien” que para tranquilizarlo, le acercaron sus colaboradores. La contrapartida resultó ver la emoción y alegría de ese abrazo en que se fundieron padre e hijo en Toay 2014, tras el primer triunfo de Agustín con el Peugeot de Súper TC 2000. Fue la mejor manera de celebrar el Día del Padre.

Anécdotas aparte, Alberto fue sin dudas como constructor y preparador un gran referente técnico de las cuatro últimas décadas del automovilismo argentino. Un adelantado y estudioso, con la gran cuota de ingenio y astucia que le permitió estar casi siempre en la avanzada técnica. Amable sin opulencias en el trato periodísticos, sus declaraciones generalmente meditadas, tras unos segundos de silencio, solían contener mensajes.

Inteligente estratega, por su atención pasaron la mayoría de los principales pilotos argentinos en sociedades que generalmente culminaron exitosamente. Incluso hubo un momento en que casi monopolizó la atención de autos en el TC, llegó casi a una veintena. Claro que por esas idas y vueltas que tiene la actividad, también hubo momentos en los que no pudo entrar a los circuitos donde corría el TC… Fue la consecuencia de su fuerte personalidad, que también le generó enfrentamientos en un ambiente donde el celo por la competencia es permanente. Y Alberto era muy obsesivo y celoso de su trabajo.

Por todo, se lo extrañará a Alberto Canapino.

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