A MI MANERA.

 

Fue un tipo que entendió la vida a su manera, y así la vivió. Conoció la gloria deportiva, el cariño dispensado por la gente, los hinchas, nunca lo buscó pero lo valoró. Luis Di Palma, lo recuerdo como «el Pibe», como fuera bautizado en sus inicios vehementes y «locos» en el Turismo Carretera.  A ese pibe insolente, con el desparpajo que lo marcó siempre, lo ví debutar en el ´63 en el TC, mi viejo fana de Oscar Gálvez, empezó a llevarme desde muy chico a las carreras. Y allá marchábamos, invierno, verano; frío, calor…

El famoso flequillo, el pelo revuelto, lo identificaron en sus años jóvenes, Luis se convirtió hasta ese entonces en el ganador más joven del TC a los 19 años y siete meses al año siguiente en la Vuelta de Arrecifes, su ciudad. Y comenzó a construir su gran historia.

Luis un personaje irrepetible, una marca registrada hasta el último día de su vida, aquel sábado 30 de septiembre de 2000. Recuerdo que estábamos en la puerta del hotel en Río Cuarto, dispuestos a irnos hacia el autódromo con el gran Marcelo Ranea, lidiando con sus cámaras al hombro como hasta ahora. El Turismo Nacional desplegaba una de sus fechas. No recuerdo de que manera; sí, que al enterarnos de la muerte de Luis (muy joven, a los 56 años) nos miramos perplejos, enmudecimos unos instantes. El cambio de rumbo lo resolvimos al toque, subimos al auto con Marcelo al volante: destino Arrecifes.

Horas más tarde, nos encontramos con una Arrecifes gris y silenciosa. En la calle Francia, en su cruce con Ocaris y Sargento Cabral, el gimnasio de la Escuela Técnica nº1, servía como capilla ardiente. En el centro el féretro con los restos de Luis y la sucesión de vecinos, amigos, seguidores, que pasaban para despedirlo. Muchos como en mi caso durante un rato, antes de recoger impresiones, sentimientos, de gente del ambiente fierrero y de la gente agolpada, desde las pequeñas tribunas del gimnasio, observaba aún sin creer las escenas. En un momento aparecieron, apesadumbrados pero integros, Marcos, Patricio, Andrea, José Luis, los hijos; el bastión familiar que fue y sigue siendo, su mujer, la Tana. La tristeza y el pesar se hizo más fuerte.

 

¡Que años!, los pibes Di Palma; José Luis, Andrea, Marcos, Patricio y papá Luis. (Foto gentileza Tiempo Argentino).

¿Cuántas personas desfilaron ante Luis para decirle «chau Loco, gracias», recuerdo que se habló de unas 20 mil personas. Después como solía ser habitual cuando uno viajaba para una cobertura, tuve que encontrar un lugar en la ciudad, para conectar la computadora portatil, rogar que la internet incipiente apareciera y no me abandonara hasta enviar la última línea. Apoyada la laptop sobre un cajón de cerveza, en la trastienda de un pub céntrico, mientras los mozos iban y venían, escribí una de mis crónicas más movilizantes, la de la muerte de Luis.

Al día siguiente domingo, bajo la lluvia fuerte el entierro, el fúnebre seguido por el pueblo hasta el cementerio. El último adiós, la última página del libro de su paso terrenal dio paso al comienzo de la leyenda.

 

 

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