CON TODO EL GLAMOUR.

Mónaco es algo especial en el mundo de la Fórmula 1. Por eso ganar su Gran Premio es el inocultable deseo de todo piloto. Carlos Alberto Reutemann no era la excepción. “Es una deuda que tengo conmigo…”, decía Lole en la parte inicial de la temporada 1980, a punto de encarar una nueva edición de un Gran Premio que hasta entonces nunca le había deparado la satisfacción de una victoria. Incluso no pudo correrlo en 1972, su primer año en la Máxima, por estar en recuperación de la fractura de un tobillo, sufrida en el circuito inglés de Thruxton en una clasificación de Fórmula 2 Europea.

No venían bien las cosas para Carlos en el inicio de esa temporada 1980. que llegó con las grandes expectativas que significó su pase a Williams, el equipo dominador de esos años. A los abandonos en las fechas iniciales en Argentina, Brasil y Long Beach, mechó un opaco quinto puesto en Sudáfrica y el repunte de un tercer lugar en Bélgica .Todo esto lo colocó con seis puntos bastante relegado en el tren del campeonato que encabezaba Rene Arnoux con 21 puntos seguido de Didier Pironi y Alan Jones (compañero de Reutemann en Williams) con 19, Nelson Piquet con 18 y Riccardo Patrese con siete. A lo que se agregaba su condicionamiento contractual, para respaldar el accionar de Jones, el elegido por Frank Williams para aspirar al título.

El triunfo en Monaco fue el 10° en la campaña de Reutemann en el Mundia,l y el primero con Williams Además cortó 17 meses sin victorias, que el santafesino tenia tras su éxito en Estados Unidos 1978.

Todo cambió aquel 18 de mayo de hace 40 años. Una fecha que, no era una más para Lole más allá de la carrera. Era el 12° aniversario de su casamiento con Mimicha y además el día que por fin sus hijas Cora y Mariana lo verían en vivo y directo en una carrera del Mundial. Que mejor entonces para redondear con otros festejos estos acontecimientos familiares que ganar en el Principado la carrera más glamourosa de la Fórmula 1.

La mano de la buena fortuna, esa en la que Lole descree, comenzó a posarse sobre su Williams desde el arranque del Gran Premio, cuando quedó al margen del espectacular vuelo de Derek Daly sobre varios autos, y su afortunado aterrizaje que el recordado fotógrafo Armando Rivas inmortalizó en imagenes. Ya en plena carrera siguió cuando en las vueltas 25 y 55, sacó del camino con sendos problemas de caja primero al Williams de Jones y luego al Ligier puntero de Pironi. Como nuevo escollo el destino le colocó una molesta llovizna.

Daly inició este espectacular vuelo tras tocarse con el Alfa Romeo de Bruno Giacomelli. Aterrizó delante de su coequipeir Jean Pierre Jarier. Milagrosamente no hubo heridos.

“Quedé primero y apreté los dientes porque no podía permitirme el menor error. Mi visor estaba sucio de aceite y por eso lo levanté para poder ver mejor. Al mismo tiempo empecé a sentir dura la tercera marcha y enseguida la segunda. Ahí recordé que había tenido problemas en los entrenamiento, y que pese a desarmar la caja no encontraron nada raro. Justo ahora me dije, cuando también con preocupación comencé a notar que la goma trasera izquierda no se desgastaba como quería. Es cierto que cada vez faltaba menos pero también que cada vez llovía más. Por suerte de pronto cuando la lluvia era más intensa veo que levantan la bandera de a cuadros. Fue un alivio…”. Con estas palabras Reutemann reflejó la alta tensión con la que sobre el Williams, vivió esos 22 giros finales pese a la confortable ventaja de poco más de un minuto que tenía sobre el francés Jacques Laffite, su inmediato escolta. Un tramo final que en la Argentina se vivió por las pantallas de los televisores, acompañadas por el emocionado relato del desaparecido colega Héctor Acosta.

Mimicha Reutemann también subió al palco real para compartir con su entonces marido, la alegría de ganar una carrera tan especial en el calendario, y además recibir el trofeo de manos de los príncipes.

Aquel Gran Premio de 1980 fue el anteúltimo en que se permitió sólo el acceso del ganador al palco real, para recibir el saludo y el trofeo de las autoridades reales. Eran todavía tiempos de esa famosa pareja real que formaron el Príncipe Rainiero y la princesa Grace. Reutemann cumplió con sobriedad la ceremonia bajo la insinuante mirada de Grace y acompañado por Mimicha. “No sé quién de los dos temblaba más, porque los dos habíamos vivido la carrera con mucha intensidad”, recuerda Lole sobre aquel momento y las sensaciones compartidas con su entonces esposa.

Por la noche, Reutemann fue la gran atracción de la habitual cena de gala. De obligado smoking se presentó en el Sporting Club monegasco, donde vio con asombro y alegría al Williams FW 07 B que había llevado a la victoria horas antes. Estaba junto a la Bugatti Type 35 B, ganadora con Rene Dreyfus del Gran Premio de Mónaco de 1930. Ya en la mesa charló extensa y animadamente con la Princesa Grace, y luego se largó a la pista de baile con un entusiasmo poco habitual. ”Carlos no sabía que te había vuelto con tanta fuerza el deseo de bailar”, le dijo Mimicha, según cuenta el recordado colega Alfredo Parga en su libro Los días de Reutemann. “¿Quién te dijo que estoy bailando? Estoy haciendo gimnasia…”, respondió un sonriente Lole, decidido a vivir a pleno su gran noche. La noche del día en que fue Príncipe de Mónaco.

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