ES LA CARRERA QUE TODOS quieren mirar, aunque sea por TV, y la que, en sueños, todos ansían correr, para manejar un auto en un circuito único que cumple 86 años.

Es la carrera que nació como respuesta a la soberbia de las grandes naciones europeas y la que le sirvió a la familia reinante para mantenerse a flote ante el bombardeo económico de un armador multimillonario griego. Es el Grand Prix de Mónaco, la joya de la corona de la Fórmula 1, que este domingo disputará su 73ª edición, casi 90 años después de haber sido creado por un visionario.

¿Quién no soñó alguna vez con acelerar en la subida al Casino, doblar en la horquillita de la vieja Estación, doblar a fondo en el Túnel, encandilarse con las reverberaciones del mar viajando al borde de la Bahía? Mónaco, un circuito especial que sólo se utiliza dos veces al año, en este caso en el domingo posterior al de la Ascensión, fue el fruto de dos años de caminata de Anthony Noghes, el hijo del fundador del Automóvil Club de Mónaco. Y en casi un siglo, el dibujo que trazó junto a Louis Chiron, el piloto monegasco más prestigioso de la historia, ha sufrido pocas modificaciones desde entonces.

La recta rumbo a Tabac, en 1929, 1965 y 2012.

 

En 1925, Noghes viajó a París para una reunión de la Asociación de los Automóvil Clubs (AIACR), un antecedente de la FIA actual, pero las asociaciones de Francia, Alemania e Italia consideraron ridículo el pedido del representante del pequeño Estado de ser considerado un igual. “Para desaprobar sus objeciones –reaccionó entonces Noghes sin saber bien de qué hablaba– puedo informarles que el próximo año verán una carrera internacional en el territorio del Principado, que despertará el interés mundial.”

No fue al año siguiente: durante dos años, Noghes caminó las calles de Montecarlo para trazar un circuito. El 14 de abril de 1929, 17 coches se presentaron a la largada en el boulevard. “Lo más cercano a una carrera de carrozas romanas que se haya visto en años recientes”, opinó la revista Autocar. Había nacido un clásico. Al inglés William Grover y su Bugatti les tomó casi cuatro horas completar 100 vueltas al circuito de poco más de 3 kilómetros. Quince años más tarde, después de pelear para la Resistencia francesa y traicionado, Grover moriría colgado en un campo de concentración.

El Grand Prix resultó una herramienta perfecta para que Mónaco compitiera con la Riviera francesa atrayendo turistas de alto poder adquisitivo, y en los días en los que el príncipe Rainiero libraba una sorda batalla con Aristóteles Onassis por el control del Casino, la principal fuente de recursos del pequeño Estado de los Grimaldi, los ingresos que proporcionó la carrera le permitieron al fin ganar el combate.

Transformado en el reducto del jet-set, el GP de Mónaco es la carrera en la que se congregan la aristocracia y la opulencia, en la que los equipos no sólo compiten por ganar la competencia, sino por el glamour de sus invitados. Amarrar un yate por el fin de semana en alguna de las marinas de la Bahía cuesta cerca de 100 mil dólares

Mónaco es la única carrera del Mundial de Fórmula 1 en la que la actividad comienza el jueves en lugar del viernes: es para que los turistas tengan un día más para gastar en el Principado. Los hoteles cobran estadías mínimas de una semana, aunque se duerma una sola noche.

La Curva de la Estación en 1964, 1929 y 2010.

Aunque los precios de las entradas sean los más exorbitantes del calendario, son las que primero se agotan. La Rocher, la auténtica “popular”, la colina que se extiende a la derecha de la Bahía, y que la separa del Palacio Real, costaba 89 euros para el domingo; esos tickets ya se agotaron. Pero quedan todavía para el sábado a 44 euros… Lo mismo que un entrada VIP en un yate: para sábado y domingo se consiguen todavía por 2.950 euros. Y en los departamentos de los edificios circundantes con balcones a la carrera se organizan fiestas con champagne libre: en ese caso, un ticket puede costar hasta 5 mil euros.

Mónaco también es la única carrera en la que los chapuzones se computan como causas de abandono, junto a roturas de suspensión y caja, las más habituales en el demandante circuito en el que se cambia de marcha 10 mil veces durante la carrera. Alberto Ascari en 1955 y Paul Hawkins en 1965 terminaron con sus autos en el mar, despistados en la zona de la chicana. Otra excentricidad que hace único al Grand Prix.

Por P.V.

 

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2 COMENTARIOS

  1. Excelente como siempre, Pablo, gracias por la historia. Jamás me pierdo este GP pero este año dudo de poder verlo en directo; no tengo el canal exclusivo. En fin, reglas del negocio. Felicitaciones de nuevo.

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