El triunfo de Nico Rosberg en el Gran Premio de Mónaco no sólo potenció el recuerdo de la victoria obtenida por su padre Keijo, hace tres décadas en el mismo escenario. También le dio forma a un hecho inédito en 64 ediciones del Mundial: el triunfo de un padre e hijo en la carrera más especial del calendario. La carrera que todos los pilotos quieren ganar, al menos una vez.

Seguramente muchos esperaban este particular hecho promediando los 90, cuando sobre el por entonces ultracompetitivo Willliams-Renault,  estaba  Damon Hill, hijo de Graham, el gran dominador de las calles de Montecarlo en la década del 60  con sus victorias en 1963, 1964, 1965, 1968 y 1969. No pudo ser. Pese a que en esa época fue  campeón (1996) , hizo una pole (1995) y punteó varias vuelta, nunca se le dio al bueno de Damon que en las mejores actuaciones de sus 8  participaciones debió conformarse con escoltar a dos especialistas en Mónaco: Ayrton Senna, en 1993 y Michael Schumacher, en 1995.

También aquellos últimos años de bonanza de los Williams dieron para que Jacques Villeneuve se ilusionara con repetir en Mónaco el triunfo que su  padre Gilles logró sobre la Ferrari en 1981. Se quedó con las ganas porque ni en su tres primeras intervenciones con los autos de Frank ni en las siete siguientes repartidas entre BAR, Sauber y BMW, el canadiense pudo llegar más arriba del cuarto puesto obtenido en el 2001. Pensar que a Gilles le bastaron apenas cuatro carreras en Mónaco para alzar el trofeo mayor.

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Distintas fueron las circunstancias de David Brabam, hijo de Jack. Sus chances de festejar en el Príncipado, como su padre lo había hecho en 1959 en la tercera de sus 14 presentaciones, estuvieron supeditadas a un milagro. Y no los hubo ni en  la edición 1990 que corrió en un equipo Brabham que ya no era ni la sombra de la época de su padre, ni en 1994 que lo vio sobre el poco competitivo  Simtek. El pobre David ni siquiera pudo darse el gusto de llegar.

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