UNA TRAYECTORIA EJEMPLAR

Vaya privilegio el mío. Tuve la fortuna de admirar y disfrutar al Carlos Alberto Reutemann piloto, desde la óptica del aficionado, generalmente entusiasta y pasional, y repetí las sensaciones después como periodista cuando, más analítico y objetivo, acompañé parte de su campaña en Fórmula 1.

Como a tantos jóvenes de aquella época, la figura de Reutemann sirvió para potenciar mi interés por la F-1, en esa década del 70 tan complicada políticamente y a la vez tan pródiga en figuras deportivas individuales. En ese tiempo Lole integró esa triología de grandes, completada por Carlos Monzón y Guillermo Vilas. Fines de semana en que el país estaba pendiente de las piñas de Monzón, los raquetazos de Willy y las aceleradas de Lole. Todo en el más alto nivel mundial. Qué tiempo aquellos. Como para no extrañarlos.

El abandono por la rotura del motor del Williams en el GP argentino de 1980, otra de las grandes decepciones que Reutemann vivió ante sus compatriotas.. En esa carrera debutó con Williams.
-publicidad-

Desde el lugar de aficionado, me angustié como los miles de hinchas que me acompañaban en las desbordantes tribunas del autódromo aquel 13 de enero de 1974. Fue cuando la alegría de un triunfo que era cuestión de un par de vueltas, se transformó en un silencio sepulcral al ver a al hasta entonces gallardo Brabham BT 44, detenido sobre el pasto a metros del final. No imaginaba por entonces que el destino, mi vocación, mi perseverancia para ser periodista, la suerte y todas esas cosas que dan forma a la vida de los seres humanos, me llevaría otros 13 de enero, pero de 1980, a vivir pero desde adentro otro trago amargo de Lole en Argentina. Aquel abandono en la carrera que marcó su debut en Williams…, y encima ganó su archirival Alan Jones.

Ese soleado domingo también yo debutaba, pero como redactor de las columnas que Lole firmaba en el Diario Clarín. Grande fue mi decepción y temor cuando al terminar la carrera e ir a su box para la nota me dicen que ya se había ido del autódromo. ”No puedo volver al diario sin la nota”, pensé al tiempo que el dato de “está en el Hotel Libertador”, aportado por Domingo Cutuli el apoderado de Reutemann, me devolvió la esperanza y cierta tranquilidad. Y allá fui. “Se está bañando“, me advirtió Mimicha, por entonces su esposa, antes de franquearme el paso a la habitación. La nota estaba aseguraba y con un Reutemann cordial y recién bañadito.

No fue la única vez que disfruté de la buena predisposición de Lole para mi trabajo. En Long Beach 1981, y pese a su bronca por tener que cederle el triunfo a Jones y la gastada de Nelson Piquet en el podio, me franqueó varios lugares respondiendo con un “viene conmigo”, a cada pedido del control de turno. No era Lole una persona de frases o gestos ampulosos, pero sí, de un gran respeto. Ese respeto fue mutuo y nos hizo construir una buena relación. Ese respeto incluía entender sus tiempos y situaciones como respeté aquel recordado día del cartelito Jones-Reu en Brasil 1981, cuando lo vi llegar temeroso como un escolar tras su primera “rata”, luego de la famosa desobediencia a la orden de equipo. “No lo ví por la lluvia”, fue la simple explicación para pasar el momento. “Si me dejaba pasar por Jones como en Long Beach, no podía volver a la Argentina”, me confesó años más tarde, ya retirado. Ese respeto también lo reflejaba en la atención que le ponía al interlocutor de turno, cuando el tema le interesaba. Pasaron cuatro décadas de aquella carrera en Sudáfrica, pero todavía está fijo en mi recuerdo la imagen de un Reutemann escuchando con total atención a Miguel Angel Merlo, aquel destacado periodista quien también siguió la campaña deportiva del santafesino.  Y algunas veces no eran temas exclusivos de las carreras los que Lole trataba con «Don Miguel» como cariñosamente lo llamaba.

Reutemann ya no mostraba el entusiasmo de sus mejores años, cuando en Sudáfrica inició a temporada 1982, pese a haber anunciado su retiro tras la frustración de Las Vegas. Igual terminó 2° en lo que fue el ultimo podo de un argentino en F-1.

Es cierto, no era Lole alguien de fácil acceso. Su rostro serio y su parquedad intimidaban un poco, aunque sus modales, lejos estaban de ser burdos y ni que decir de sus palabras. Costaba entrarle, pero si ganabas cierta confianza se abría al dialogo. Recuerdo aquellos fines de año en que viajaba a Santa Fe para la nota y la foto con el arbolito de Navidad, que me pedían en Clarín y que a Lole no le gustaban mucho. “Dale, son diez minutos y un par de fotos”, fue una llave de acceso con la que abrí lo que parecía una puerta inaccesible a un diálogo que después se extendió por un par de horas.

Tampoco Lole tenía la sonrisa a flor de piel. Igual le conocí pinceladas de humor dibujadas con sutileza. Como aquella de Jacarepaguá 1982, cuando sentado sobre el guardarail de la calle de boxes, un desubicado control le pidió la credencial y Lole respondió con un «esta es mi credencial», mientras con el dedo mayor señalaba su buzo antiflama… Aquel fue su último Gran Premio, y pese a que la decisión no se conoció en esa carrera, se notaba que su pasión e interés por la Fórmula 1, no eran las mismas, tras el duro golpe que significó en Las Vegas la pérdida del título 1981 por apenas un punto. Unas semanas antes en la apertura de Sudáfrica había dado una muestra de ese estado algo errático, cuando camino al acuartelamiento que en una habitación hicieron los pilotos durante una noche en reclamo de la superlicencia, miró al grupo de periodistas argentinos y a modo de queja  nos tiró un patético “pensar que tendría que haber estado tranquilo en Santa Fe, y estoy metido en este lío…”. El episodio no afectó su actitud competitiva, reflejada al día siguiente con el segundo lugar detrás del potente Renault Turbo de Alain Prost.

Aquel fue el último podio de Lole, y también el último de un piloto argentino en la Máxima. Un dato que valorizó al Carlos Alberto Reutemann que admiré, y disfruté como aficionado y como periodista. Un privilegio que en esta hora del adiós combina la tristeza con el orgullo.

 

-publicidad-

3 COMENTARIOS

  1. Hermoso recuerdo haces de Lole.Tambien destaco que hayas mencionado a Miguel Angel Merlo,seria lindo que escribas una nota sobre el algun dia.
    Saludos desde el sur.

  2. Tremendo. Excelente, Miguel. Lo leí recordando esas buenas charlas que tuvimos en la redacción de Clarín. Te mando un abrazo y te pido que algún día nos cuentes en detalle por qué Reuteman no fue campeón del mundo.

  3. Muy acongojado por su partida, me pongo a rememorar todo lo que me ha dado a nivel de espectador,he estado siempre presente en las carreras de la argentina, no solamente en las de F1, sino desde sus inicios y aún hoy me reprocho haber faltado un viernes de clasificación en el año 73.
    Fue un ídolo, mi piloto el que un 7 de julio un rayo quebró el cielo, el trueno estremeció la tierra y luego todo quedó en silencio el gran piloto se nos había ido.
    Su pueblo le debe el gran homenaje, ese que se le debió hacer en vida, pero ya llegará el gran reconocimiento que se merece y se hará justicia, como un monumento, estatua o la perpetración de su nombre en algún autodromo de los tantos que pueblan nuestro país.
    Cada uno es como es y el Lole era así en su modo de ser y de actuar pero siempre con la honestidad a flor de piel. Nos queda el orgullo de haber tenido a un piloto y persona como él respetado por sus pares, querido y disputado por las escuderías, y porqué no decirlo el mejor tester de la F1.
    Desde el cielo nos estará campaneando junto a Juan Manuel Fangio y Froilán Gonzalez, la mayor trilogía de ases del volante de la argentina y se sumará el Brasileño Ayrton Sena para jugar un truco antes de la próxima largada.
    Porqué no fue campeón:una razón el Brabham de Piquet estaba fuera de reglamento y no lo sancionaron, le podía hacer la ventaja que quería si hasta el propio Rebaque los pasaba como parados y llegó a ser segundo y no fue dado a que se quedó.
    Gracias Lole por haber existido-

Responder a Jose Cancelar respuesta

Por favor escribí tu comentario
Por favor ingresá tu nombre