QUÉ PENA NO PODER VOLVER EL TIEMPO ATRÁS.

El recuerdo no ha dejado de estar fresco. Ese domingo 1° de mayo de 1994, quien te escribe tenía 15 años y seguía, como lo hacía habitualmente, la transmisión por la tele del Gran Premio de San Marino de la Fórmula 1, siempre ansiando una victoria de alguna de las Ferrari, en aquellos tiempos comandadas por el legendario Gerhard Berger y por el mas discreto Nicola Larini.

Pero, además, la influencia paterna me había llevado a tomar partido en ese duelo tan particular que se había generado entre Alain Prost y Ayrton Senna, depositando mi simpatía en el francés que, además, había sido piloto de la Scuderia durante un par de temporadas, algo que el brasileño nunca había estado siquiera cerca de hacer. Y eso, claro, hizo que no apreciara como corresponde sus magníficos dotes como piloto. Cosas de chicos, mirado en retrospectiva. O tal vez de tonto…

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Pero es innegable que aquella mañana argentina quedó grabada en mi memoria, cuando el Williams de Senna, por un desperfecto mecánico nunca aclarado fehacientemente, siguió de largo en la curva de Tamburello, pegó de lleno contra el paredón y salió despedido nuevamente hacia la pista. La imagen siguiente era elocuente: Ayrton estaba inmóvil y con la cabeza levemente inclinada hacia la derecha. Un pedazo de la suspensión le había entrado por el visor de un casco que, algunos dicen, estaba fuera de las normas, y se incrustó en el cráneo del ídolo, destrozando su cerebro.

Senna, un ganador voraz, un piloto incomparable, un campeón inolvidable.

Todo indicaba lo peor, confirmándose más tarde una muerte que, sentía, ya se había adueñado del brasileño en ese instante del accidente. Un final triste, absurdo, una tragedia que, al día de hoy, sigue teniendo puntos oscuros a los que, seguramente, nunca se les echará luz.

La gran mayoría de las veces, la muerte actúa como un magnificador de las virtudes de quien la sufre, o como un manto de piedad ante defectos que, en vida, molestan. No fue el caso de Senna: él ya contaba con un talento extraordinario, sólo que cierta obstinación me había impedido saber disfrutarlo a su debido tiempo, dejándome una lección a futuro que supe aprender.

A los 34 años, el brasileño se apagaba para siempre y cerraba una etapa de la Fórmula 1, espectacular y emocionante, dejando varios interrogantes: ¿cuántos títulos más pudo haber conseguido además de los tres que ya ostentaba? ¿Hubiese tenido el camino tan allanado Michael Schumacher para lograr esos siete campeonatos del mundo que le permitieron superar los cinco de Juan Manuel Fangio, ídolo indiscutido de Ayrton? ¿Cuántas batallas memorables en pista -y también afuera, teniendo en cuanta el carácter de ambos- se perdió el mundo entre estos dos titanes?

Hondo pesar en los rostros de Cristian Fittipaldi, Raul Boesel, Rubens Barrichello y Pedro Lamy en el funeral de Ayrton.

Es verdad que nada de esto se podrá comprobar alguna vez, pero el legado de Senna permanece inmortal no sólo por su innegable talento, sino por su audacia, su carisma, sus batallas, por esa inigualable capacidad de ser el mejor bajo la lluvia y por haber marcado una época en la categoría más importante del mundo. 25 años pasaron de aquel trágico 1 de mayo de 1994. 25 años en los que el fenómeno le dio paso a la leyenda. 25 años en los que la Fórmula 1 ya no fue la misma, nunca más.

 

 

 

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