CAMPEON, CAMPEON… ES UN DECIR

Paradójico: en el año en que ganó el título mundial, Jenson Button (29) perdió millones de dólares.
Perdió, perdió… es un decir. Sin tener una minucia exacta de lo que suponen sus contratos personales, es sin embargo una realidad que el flamante monarca de la Fórmula 1 tuvo que resignar dinero para lograr su consagración.
Más que paradójico: impensado. En el calculado mundo de la F-1 acaba de consagrarse un equipo que no existía ocho meses atrás.
No existía, no existía… es un decir. Se llamaba de otra manera y empleaba a un mayor número de personas, aunque su futuro estaba hipotecado. Y lo salvó, entre otros detalles no menores, ese rojo en el balance del ex campeón inglés de la Fórmula 3 de una década atrás…

La celebración del equipo Brawn en el pit-lane de Interlagos

Salvó, salvó… es un decir. Lo cierto es que cuando los japoneses de Honda decidieron poner los pies en polvorosa, estimaron que a la larga era menos nocivo mantener el equipo con otro nombre y dinero propio, que disolverlo. Y no se sabe, a esta altura, si para la reputación de la marca no habría sido mejor cerrarlo.
Cerrarlo, cerrarlo… es un decir. Ya habían financiado el diseño del nuevo auto cuando decidieron salir corriendo. Dejaron 100 millones de dólares para pagar las cuentas del 2009, y a su antiguo empleado de máxima jerarquía, Ross “El Pez” Brawn, al comando. Brawn –que ya sabía que disponía de un as en la manga con el doble difusor- hizo cuentas y entre sus primeros resultados encontró que tenía que recortarle el sueldo a su primer piloto.
Recortarle, recortarle… es un decir. Se lo podaron. El contrato de Button con la Honda estipulaba para este 2009 una suma de 13 millones de dólares. El piloto inglés aceptó bajarlo a 8 millones cuando supo que la tercera parte de la fuerza de trabajo del equipo iba a quedarse sin empleo después de la primera carrera del año en Australia. Aceptó cobrar menos para correr.
Correr, correr… es un decir. Corrió la primera parte del año, cuando Brawn GP corrió aceitada por el estrecho presupuesto dejado por Honda. El doble difusor fue una pegada porque los RedBull (los únicos rivales de importancia en toda la temporada) no los usaban, y Button ganó seis de las primeras siete carreras del año. En siete carreras logró 61 puntos, 8,71 por carrera. En las nueve restantes, cuando ya el dinero escaseó, RedBull modificó su suspensión trasera de pull-rod para acomodar el ingenio, Ferrari y McLaren pasaron la valla del Kers para tornar más competitivos a sus autos, Button apenas si consiguió 28 puntos, 3,11 puntos por carrera, casi la tercera parte del rendimiento de la primera mitad. Una caída fenomenal.
Caída, caída… es un decir. Nunca lo superaron en la tabla de posiciones, a decir verdad. Aunque, claro, el dominio se complicó tanto como manejar el Brawn en compuestos medios cuando el calor no reinaba en el ambiente. “La segunda parte del año fue mía”
declamó Rubens Barrichello en Brasil.
Mía, mía… es un decir. Las dos victorias del brasileño en la segunda parte del año, cuando no había dinero para repartir, cuando ya se sabía que el único sponsor del equipo, Virgin, se dirigía a mejor puerto, fueron logradas dentro de un sistema de reparto. Dos para Brawn, cuatro para RedBull, dos para McLaren, una para Ferrari. Por alguna razón divina, Barrichello ganó durante 2009 exactamente la cuarta parte (dos millones de dólares) de los ingresos de su compañero campeón.
Campeón, campeón… es un decir. Si le hubieran hecho caso a Bernie y su manía de medallas, Jenson habría sido campeón en Monza. Si le hubiera hecho caso a Bernie, Jenson habría sido campeón en Abu Dhabi, la próxima carrera (porque el manager inglés le pidió la semana pasada a Button que estirara la definición para que el Grand Prix inaugural en el emirato tuviera algo de interés deportivo más allá del exotismo).
Queda una sola pregunta pendiente: ¿dónde estará el año que viene a esta hora el equipo campeón?

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