NADIE PUEDE ELUDIR SU DESTINO

No fue la excepción Didier Pironi, aquel francés, tal vez poco conocido para las nuevas generaciones, que entre finales de los 70 y principios de los 80, formó parte destacada de esa avalancha de pilotos galos que llegaron a la Fórmula 1, y que incluyó a Jacques Laffite, Rene Arnoux, Jean Pierre Jabouille, Patrick Tambay, Jean Pierre Jarier y Alain Prost. Determinando y ambicioso como pocos pese a un rostro angelical, Didier fue quien en ese tiempo más cerca estuvo de ser el primer francés en ceñirse la corona de campeón mundial, algo que años más tarde sólo conseguiría Prost.

Pironi no obedeció órdenes de equipo, y le quitó el triunfo a Villeneuve en San Marino. Fue la 2ª de las 3 victorias de Didier en 70 Grandes Premios.

 

Precisamente fue Prost el protagonista involuntario, y testigo más cercano del drama que comenzó a cerrarle a Pironi las puertas de ese sueño, que tenía desde que siendo un adolescente su primo.  José Dolhem, también piloto, le transmitió su pasión por la velocidad. Bajo el diluvio que cayó en Hockenheim durante los entrenamientos del Gran Premio de Alemania, no divisó que en esa cortina de agua que dejo el Williams de Derek Daly,  se ocultaba el Renault de su compatriota. A 240 km/h, su Ferrari 126 C lo embistió y al encontrarse  la goma delantera izquierda con la trasera derecha del auto amarillo, se catapultó en una cabriola que tras alcanzar diez metros de altura lo precipitó de punta contra el guardarail. “La Ferarri pasó volando por delante mío. Esa imagen y la de Pironi no se me borraron nunca, por el contrario siempre las tuve presente cuando corría bajo la lluvia, aunque esto no se lo podía contar a los periodistas”, reconoció Prost como explicación del porqué desde ese 7 de agosto de 1982, sus actitudes frente a las carreras con lluvia fueron más prudentes.

Sobre este Alpine Renault A 442 y junto a su compatriota Jean Pierre Jaussaud, Piron ganó las 24 Horas de Le Mans en 1978. Ese mismo año en Argentina debutó en Fórmula 1 con un Tyrrell

 

No fueron pocos los que destacaron el riesgo extremo y hasta innecesario, que tomó Didier al salir a girar en esas condiciones climáticas luego de haber sido el más veloz en la jornada anterior. Cuentan quienes lo conocían que le sobraba confianza por su buen momento personal. Atrás había quedado un parte inicial del año, con variados episodios deportivos y personales que golpearon el ánimo de Didier. Su disputa con Jean Marie Balestre, presidente de la FIA, en la rebelión de pilotos en Sudáfrica, su enemistad con Gilles Villeneuve tras birlarle el triunfo en el Gran Premio de  San Marino, su separación de Catherine Bleyne, su primera esposa, luego de apenas tres meses de un matrimonio plagado de celos e infidelidades, su angustia en la largada del Gran Premio de Canadá cuando en un choque contra su Ferrari, paralizada en la largada, se estrelló el Osella y la vida del joven italiano Riccardo Paletti.

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Todo parecía haber quedado atrás con una marcha que con dos victorias (San Marino y Holanda) y varios podios, lo encaminaba rumbo al título. Su corazón también se sentía reanimado por la presencia de Veronique Jannot, la actriz y cantante francesa que había conocido en una filmación con Alain Delon.

“Por favor, no me corten la pierna…”,  fue el ruego que con el pequeño hilo de voz que le quedaba de un rostro desencajado Pironi le hizo a los médicos que se acercaron pasar asistirlo. Unos minutos antes su colega Nelson Piquet, el primero en llegar a la Ferrari destrozada, no pudo resistir  y salió vomitando tras ver que la pierna derecha de Pironi estaba casi seccionada y solo unida por el nervio de un tendón… Syd Watkins, médico de la FIA, agotó los medios y cumplió la promesa de no amputarle la pierna.  La recuperación, dolorosa y lenta con varios meses de internaciones, incluyó 40 operaciones, y casi un centenar de placas metálicas utilizadas para reconstruir sus piernas.

Entre tanto sufrimiento en noches de insomnio, Didier tuvo cerca de fin de año una significativa alegría. Un paquete llegó al Hospital de París. Al abrirlo, sus ojos se humedecieron al leer al pie de un trofeo la dedicatoria: “Para Didier Pironi, el verdadero campeón del mundo 1982”. Lo firmaba Enzo Ferrari, quien asimismo lo animaba con la promesa de guardarle el puesto hasta su total rehabilitación. El titulo real se lo llevó Keke Rosberg y  pese a estar ausente en los últimos cinco Grandes Premios, Didier quedó segundo a sólo 5 puntos del padre de Nico. Una prueba que sólo su terrible accidente pudo interrumpir su camino a la conquista del campeonato.

La imagen de un Pironi sangrante y desencajado tras el terrible accidente en Hockenheimi que tronchó su sueño de campeón y su campaña en la Fórmula 1

 

Como tantas promesas, aquella de Ferrari se derrumbó ante una realidad que no vio una completa recuperación de Pironi. Igual intentó volver a la Fórmula 1, y para eso en 1986 hizo unas pruebas informales sobre un AGS y Ligier. Pero se dio cuenta que ya no era el mismo, especialmente por la poca movilidad de su tobillo derecho. Sin embargo tantos golpes no atenuaron su amor por la velocidad, que buscó canalizar con su otra pasión competitiva: las carreras de lanchas. Cuatro costillas fracturadas en un vuelco en una competencia en España no lo detuvieron.

Como en aquel agosto de 1982 que precedió a su primera tragedia, Didier Pironi estaba feliz con su nueva actividad al comenzar el octavo mes de 1987. Había ganado una carrera en Noruega, y al día siguiente recibió un llamado telefónico de felicitación de Enzo Ferrari…En su vida personal su conocida frialdad había dado paso a la ilusión de padre primerizo, a los 35 años, por los mellizos que Catherine Goux, su nueva pareja, engendraba tras una fecundación in vitro. Todo parecía dado para por fin darle un final feliz a su historia. Claro, que ahí, acechante como siempre para quien como Pironi tentaba y disfrutaba de los riesgos, estaba la muerte, deseosa de cobrar la cuenta que dejó pendiente cinco años atrás en la lluviosa jornada de Hockenheim.

Pironi buscaba sobre la lancha el titulo mundial que se le escapó en la Fórmula 1.Sobre esta Colibrí encontró la muerte que había eludido con la Ferrari cinco años antes.

Era un día nublado, aquel de hace hoy 30 años en la zona de la Isla de Wight, en Inglaterra, cuando Pironi se dispuso a subir a la Colibri 4 Lamborghini, la portentosa lancha, construida en fibra de carbono, con bimotores que erogaban 3.000 HP. Lo acompañaban sus compatriotas Bernard Giroux, un ex navegante de Ari Vatanen en el Dakar, y Jean Claude Guenard, con pasado como ingeniero en el equipo Ligier de Fórmula 1. Como siempre, latía en Didier ese espíritu altamente competitivo que lo llevaba a buscar la victoria. Seguramente esa actitud  estuvo a pleno en el momento de encarar a fondo, a unos 150 Km/h., el oleaje dejado por el paso de un buque petrolero. El salto  terminó de la peor manera. La embarcación cayó de punta, se dio vuelta y despidió a  Didier y sus acompañantes. Los tres murieron en el acto, producto de fuerte golpe contra el agua y el posterior ahogo.

La muerte no se impacientó. Supo esperar y un lustro después se cobró así la cuenta pendiente con Didier Pironi. Claro que la vida siguió y cuatro meses más tarde entregó su emotivo mensaje con los nacimientos de los mellizos que Didier nunca conoció. Fueron bautizados como Didier y Gilles. Ninguno siguió los pasos de su padre. Gilles Pironi fue el único que se acercó al automovilismo con sus trabajos en Mercedes Benz y Hyundai.

Todo un símbolo y homenaje para dos apasionados por la velocidad (Pironi y Villeneuve) que tuvieron historias sin finales felices.

 

Por Miguel Sebastián

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2 COMENTARIOS

  1. Qué gran pintura Miguel, de un grande sin corona de la Fórmula 1, un piloto veloz y que daba espectáculos. Recuerdo muy bien el día de su muerte, y la relación con aquel accidente en Alemania que le truncó la carrera, y probablemente el camino al título, lo que marca que hay gente con estrella y otros estrellados. Abrazo

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