«DEBO confesarlo…

Si bien no era la primera vez que me iba a subir a un auto de competición, siempre que estoy ante esa posibilidad las horas previas son distintas. Los únicos pensamientos e inquietudes que se presentan en ese lapsus, se basan en cómo me encontraré en el habitáculo, si el coche será dócil para llevarlo o no, o si me daré cuenta de cuándo tendré que doblar, acelerar y frenar lo más parecido a lo que lo hace un piloto.

Una vez dentro de la máquina, todas esas reflexiones se esfuman, la adrenalina fluye y la satisfacción le gana, por lo menos por un momento, a la frustración que viene perdiendo por goleada desde hace años.

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La invitación para probar un Bora de la EMS Racing Bora 1,8 T en el Mouras de La Plata estaba. Sólo faltaba combinar, para asistir a una de las pruebas que la categoría organiza para aquellos que quieran sentir, quizás por primera vez, la sensación de manejar un auto preparado, en un autódromo y con todas las medidas de seguridad correspondientes.

Una vez con el buzo y las botitas puestas, esperé mi turno para subir como acompañante de Ezequiel Baldinelli, un piloto que no tuvo la fortuna (ni el presupuesto) para continuar su carrera deportiva pero que, como instructor de la monomarca, es el número uno. Cuando subí a la butaca derecha, Ezequiel me dateó las características técnicas básicas para saber qué iba a tener en mis manos: motor 1.8 con turbo y mejoras en los sistemas de admisión y de escape, suspensiones laburadas por los Barattero, frenos ABS y caja de 5ª.

Cuando llegamos a la primera curva, comenzó la acción: “Acá ponés tercera, te cerrás al piano, modulás el acelerador y te abrís para salir abierto”,  me explicó Baldinelli en cada variante del trazado corto del circuito. Con un par de vueltas como muestra, llegó el momento de la verdad. Un detalle: Baldinelli debe estar en 1.65 m de altura y 70 kilos de peso, parámetros muy inferiores (en alto y sobre todo ancho!) a los míos, por lo que ingresar en la misma butaca no fue tarea fácil.

Y allá fuímos, yo al volante y el corajudo de Baldinelli en el asiento derecho. La primera vuelta fue de reconocimiento. No exigí al Bora en los frenajes. Medí cada piano en las curvas y pasé los cambios un par de cientos de revoluciones por debajo de lo “normal”. Pero cuando entramos en la recta, «¡agarrate Catalina!». Tratando de copiar a Ezequiel, frené en el conito y metí la trompa en la chicana. El auto se perfiló solo. La dirección hidráulica, el poder de frenado y la gran estabilidad le permiten a uno tener dominio de la situación.

Ya en los mixtos, la elasticidad del motor incitaba a planchar el acelerador al tope, y sentir el poder los 180 caballitos galopando de lo lindo con cada iba y vuelta del pedal derecho. Llegar al final de la recta a 190 km/h sin sentirlos, demuestra el perfecto equilibrio de la máquina, que ni se mosquea cuando pisás el freno a fondo para quebrar el volante y volver a zigzaguear en el sector sinuoso.

De vuelta en boxes, Baldinelli se eyectó del coche y sonrió. “¡No estuviste mal, eh!”, me tiró no bien pude despegarme de la butaca y sortear los caños de protección. Fue el mimo que me faltaba para sentirme pleno, feliz, piloto. Por lo menos por un rato…».

Por Diego Daorden (periodista de la revista Crono TC)

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