CUANDO FROILAN CUMPLIO 90 AÑOS, repasó toda su vida con uno de nosotros, para una nota que publicó El Gráfico, en octubre de 2012. Nos damos el lujo de reproducirla integramente:

YA ANDO A BATERIA, a mi motor le queda poca nafta. Pero todavía tira. Cumplo 90 años el día 5 de este mes y soy de uno de los dos pilotos de Grand Prix más veteranos que quedan con vida: el otro es el francés Robert Manzon, que me lleva cinco años. No digo que siempre a fondo, pero viví con gran intensidad.

YO VEIA QUE MI PAPA hacía los cambios, para adelante, para atrás. Vivíamos en La Colonia, en las afueras de Arrecifes. Un día, yo tendría 7 u 8 años, me subí, puse el cambio y apreté el botón del encendido. El coche salió para atrás. Así lo saqué del galpón y lo dejé. Mi papá se puso loco. «¿¡Pero quién me sacó el auto!?’, se preguntaba.

ERA BRAVO CUANDO CHICO. Estuve pupilo tres años en San Nicolás y un año en La Plata, con los salesianos. Ellos tenían un Plymouth ’36 y lo manejaba yo. “Froilancito –me decía el padre Silva–, me tenés que llevar a Buenos Aires». Y yo manejaba con el guardapolvo largo. «Froilancito –decía el padre, agarrado con ambas manos a las manijas–, ¿podés ir un poco más despacio?». Un día no me llevaron a jugar al fútbol a Bernal, agarré mi valija y me escapé a lo de mi tía a San Martín. Vino mi papá a buscarme. Tardó una semana en llegar. No había caminos como hoy. Cuando volvíamos, me preguntó qué quería hacer. «Meteme en la agencia Chevrolet», le pedí. Me fui a trabajar con mi tío Julio Pérez. Era el año 39, me pusieron a reparar baterías y el ácido me hacía agujeros en el mameluco.

MI TIO YA CORRIA PARA ENTONCES. Como yo tenía la llave del taller, iba a la noche y se lo ponía en marcha. A la mañana, Julio encontraba el motor del auto todavía caliente. «¿Quién me lo habrá andado?», se preguntaba. Se mató en 1940, corriendo las Mil Millas; y mi viejo no quiso saber nada más con las carreras.

GANE MI PRIMERA CARRERA con el seudónimo «Canuto», para que la familia no se enterara. Mis hermanos sí sabían. Al día siguiente, en la mesa, mi papá leía el diario de Arrecifes.

-Mirá, Froilán, acá dicen que este Canuto es de aquí, ¿tenés idea quién puede ser?

-Qué sé yo, papá, hay tantos locos en Arrecifes.

Pasó, pero me parecía que se había avivado… Me cambié el seudónimo por el de «Montemar», el nombre del caballo de un amigo que ganaba todas las cuadreras.

-Froilán, en el diario dicen que el ganó es de Arrecifes. ¿Sabés quien es Montemar?

-Qué sé yo, papá…

Me echaron de casa cuando me descubrieron.

JUAN ERA AMIGO DE MI TIO. Eran de la misma edad, ambos pilotos de Chevrolet, sabían de mecánica. Por eso lo conocía a Fangio. Pero la relación se afianzó porque vino a una carrera de Fuerza Limitada en Arrecifes con su auto, que manejaba su amigo Rentería. Esa carrera la iba peleando yo con Alfredo Pián, cuando el motor se me rompió faltando dos vueltas. Nos hicimos tan amigos que terminó siendo el padrino de mi primer matrimonio. Fuimos amigos hasta el día en que murió.

A MI NO ME GUSTABA MUCHO la ruta, prefería los circuitos. La Mille Miglia no me atraía, corrí muy poco en el TC. Pero ahora ando con las cupés de entonces y me pregunto cómo podía ser que nosotros manejáramos esos autos en esa época. Es que veníamos del campo, de manejar los arados, yo manejaba camiones.

UN AMIGO ME LEVANTO la suspensión. Estuve suspendido como seis meses, por agarrar del cogote a un comisario deportivo, Alberto Lodieu. No me dejaba largar una carrera en Retiro, no me permitía cambiar las bujías y salí rateando. Me pusieron bandera negra y me vine despacito a los boxes, porque sabía lo que se venía. Me quiso pegar con la bandera. «No me toque porque le voy a sacar la cabeza de una trompada», reaccioné. En esa época yo me peleaba con cualquiera. La sanción me la sacó un «amigo’, je, je…”.

ESA FUE LA PRIMERA VEZ que fui a Casa de Gobierno. Le pedí un traje a Suixtil, yo no tenía, andaba siempre de mameluco, ¡si era camionero! Me lleva otro amigo y le preguntan:

-¿A tu amigo qué le pasó, mató a alguien?

-No, qué va a matar… Lo suspendieron.

-¿Quién lo suspendió?

-El Automóvil Club.

-¿Ah, sí? Hay que levantarle la suspensión, entonces.

Hace llamar al Automóvil Club Argentino, el presidente era el doctor Anesi. «A Froilán hay que levantarle la suspensión. De parte del General Perón».

AL POCO TIEMPO nos fuimos a Europa con el equipo del ACA. Perón nos dio el cargo de “Delegados obreros” y cobrábamos 800 dólares. Ibamos cruzando la Plaza de Mayo y le digo a Juan: «Ché, ¿qué título nos dieron estos?». Cuando vino la Revolución del 55, a la m… con los delegados obreros. Para salir del país pedíamos permiso.

NO ENTIENDO NADA DE POLITICA. Pero siempre fui peronista. Con Perón afianzamos la relación en el 50, cuando empezamos a ir a Europa. Era loco por los autos, pero no andaba fuerte. En las motos, sí. Cuando volvimos, a fines del 50, nos preguntó:

-Muchachos, ¿no necesitan nada?

-Presidente, ¿por qué no nos hace un autódromo?

-¿Y qué problema hay? -nos contestó. Y lo hizo.

VIAJAR ERA UNA AVENTURA. En 1950 volamos a Europa: Buenos Aires, Río de Janeiro, Natal, Dakar, nos quedamos una noche a dormir allí; luego Lisboa, Madrid, Roma, y de ahí nos íbamos en tren hasta Milano.

LOS CORREDORES éramos todos peso pesados. Juan, yo, éramos todos gordos. Por ahí yo era un poco más… Cuando vivíamos en Galliate, el pueblo de Achille Varzi, con el equipo argentino, salíamos a andar en bicicleta hasta Novara, unos 20 kilómetros. Pero cada tanto yo me perdía en alguna rotisería… Me mandaba unos sándwiches de prosciutto y los esperaba hasta que pasaban de vuelta. Cuando íbamos a correr a Inglaterra cargábamos todo en el camión: los fideos, el chianti…

CASI ME TIRO AL MAR en Montecarlo. Corría con una Maserati del ACA, y me dejaron la tapa del tanque de nafta sin asegurar. En la primera frenada se me viene todo el combustible sobre la espalda, el compresor largó fuego por el escape y me prendí fuego… Por un momento pensé en tirar el auto a la bahía para apagarlo, pero lo paré y rodé por el piso. Sufrí quemaduras de segundo grado.

CORRI DE CASUALIDAD en Silverstone. Me ofrecieron el auto, una Ferrari de cuatro litros y medio, en Reims, Francia, porque uno de los pilotos de ellos, Dorino Serafini, se había roto una pierna. Ni dormí esa noche, y al día siguiente lo probé en las calles de Reims, porque los coches se guardaban en garages en la ciudad, no en el circuito. No anduve mal, pero tuve que darle el auto a Ascari en plena carrera y terminamos segundos. ¿Qué iba a pensar que la carrera siguiente la iba a ganar? Terminó siendo el circuito en el que gané más carreras: cinco. Y no porque me gustara más que otros. Simple casualidad.

ESTABA MUY NERVIOSO, faltaban como cinco minutos para la largada y empezó a sonar una sirena que me volvió loco. Me dio como un dolor de estómago. Desde los boxes se veía una casilla de madera, le saqué un pedazo de diario a mi mujer y me mandé, pasándoles como tiro a dos mujeres que había cerca de la puerta. Los nervios habían hecho lo suyo y fue tremendo… Cuando salí, vi el cartelito: decía Ladies, señoras. ¡Por eso estaban las viejas! Les gané la carrera por ligero.

EL LARGADOR ERA CHARLES FAROUX, que antes de la largada nos reunió y empezó a dar instrucciones. Yo no entendía nada, tenía un intérprete. «¿Qué dijo el francés?», le pregunté. «Que el primero que se mueva, le encaja un minuto de recargo… «. Juan me dice: «Ni te muevas». Faroux empezó la cuenta con los dedos, cinco, cuatro… En la primera fila estábamos yo, Juan, Ascari y Farina. Nadie se movió, ni cuando Faroux bajó la bandera. Nos quedamos patinando y Bonetto nos pasó a todos.

FUI A MARANELLO después del triunfo y me ofrecieron el mismo contrato que a Ascari y Villoresi. Yo no sabía nada de contratos, ni siquiera entendía italiano, así que lo único que pregunté fue si el seguro estaba incluido. «Todos mis pilotos están asegurados», me dijo el Commendatore. «Entonces, ¿dónde hay que firmar?», pregunté. Cobrabámos 2.500 dólares por cada carrera, y nos daban 150 mil liras cada vez que probábamos el auto en esos caminos sinuosos de las afueras de Maranello. Al año siguiente no me quedé: me fui con Juan a Maserati, que nos pagaba mejor. Se armó un despelote de la gran flauta.

ESA FERRARI FUE el mejor auto que manejé, aunque la BRM era más potente. Pero la cuatro litros y medio nunca me dejó de a pie. Ese auto con el que gané en Silverstone ahora es propiedad de Bernie Ecclestone. Se lo prestó a Fernando Alonso para que diera unas vueltas en Silverstone, el año pasado, cuando se cumplieron 60 años. Alonso es un piloto bárbaro, pero también me gusta Vettel.

PUDE HABER SIDO CAMPEON. En Reims tuvimos que compartir con Ascari los puntos del segundo puesto. En Silverstone gané yo, en Nürburgring y en Monza ganó Ascari. Fuimos a España a definir y le dije a Juan que uno de los dos tenía que ganar el título: «O vos o yo». Al fondo de la recta íbamos a 329 km/h y se nos desbandaban las gomas. Juan fue campeón pese a un problema con la caja; y yo fui segundo, remontando.

EL CAMPEONATO MUNDIAL tiene hoy veinte carreras, pero en 1954 tenía seis o siete. Sin embargo, ese año yo gané un montón de carreras de Fórmula 1 sin puntos, que si hubieran estado dentro del campeonato, por ahí me habrían dado el título. No me quejo. Yo no fui a la última carrera de ese torneo, estaba muy deprimido por la muerte de Pinocho Marimón en Nürburgring. Ferrari me quería mandar a mí a Barcelona con la única máquina del equipo. “Commendatore, no voy –le dije-. El campeonato lo siento perdido, ya no tengo más nada que hacer, esperemos al próximo año”. Mike Hawthorn intervino y ganó, Juan fue campeón y yo me quedé con el subcampeonato.

SIEMPRE ME LLEVE BIEN con Ferrari. No discutía nunca con el Commendatore. Otros pilotos me tenían bronca por eso, porque lo criticaban y decían que los autos no funcionaban. Pero cuando don Enzo me preguntaba a mí qué tenía para agregar, yo le respondía :»Commendatore, todo bien, ningún problema», y eso  no les caía bien ni a Ascari ni a Villoresi. Hasta el último momento siempre que estaba en Europa me daba una vuelta por Maranello para saludarlo. No necesité nunca hacer cita: siempre me atendía. Ahora hace tiempo que no puedo viajar, pero sucedía lo mismo con su hijo Piero Lardi.

LA CARRERA MAS DIFICIL que me tocó correr fue Le Mans. Casi toda la carrera con lluvia y niebla. Y de las 24 Horas me pidieron que manejara la mayoría, así que anduve como 17 horas con ese auto que al principio no se tenía nada, le pusieron una bolsa de arena mojada para que tuviera más agarre. Hubo muertos, lluvia hasta la madrugada, en la última parada el auto no arrancaba…

A SCHUMACHER LE TOCO manejar la Ferrari 375 de mi victoria en Silverstone. Fue en una fiesta de la marca, mucha gente, y viene y me dice: «Anduve en su auto y no sé cómo hacían para correr esos coches. Yo no podría». Le contesté enseguida: «Yo tampoco podría manejar el tuyo, porque de computación no entiendo nada». Los autos de ahora, con tantas teclas… A mí, dejame con la palanca.

HOY LA SEGURIDAD es una prioridad, antes no se concebía. Yo jamás pensé que me iba a pasar algo. No usábamos cascos, sino gorras de lana o después de cuero; los primeros cascos los sacamos del polo. Les hacíamos unos agujeros adelante para no pasar tanto calor. Es que esos autos tenían el motor adelante y nos mataban con el calor. A veces poníamos hojas de lechuga o de repollo entre el casco y la cabeza para ir un poco más frescos.

SIGO MANEJANDO. No sé qué haría si no pudiera conducir. Voy todos los días al garage con mi auto, tengo el registro, tengo algunos carnets de la policía… Pruebo todos los autos que saca Fiat, cada tanto doy una vuelta en una Ferrari. El año pasado, cuando se cumplieron los 60 años del triunfo en Silverstone, hicieron una fiesta en el Autódromo y me subí a un auto histórico: la Maserati que Raúl Riganti condujo en las 500 Millas de Indianápolis de 1940, un auto que es de los Pérez Companc. Elena, mi señora, me pidió que diera una sola vuelta. Pero me entusiasmé… y di dos. Si no pudiera manejar, no sé qué haría.

SIEMPRE VOY A LOS HOMENAJES a los que me invitan, no puedo decir que no. Recargo las baterías, me pongo contento como una margarita cuando me junto con la gente. Ahora cumplo 90 y ¿qué más puedo pedir? Me gustaría que estuvieran mi hijo Julio y Juan. Julito tuvo mala suerte, vivía en Italia y vino a la Argentina a saludarme, se fue a hacer esquí y arriba del esquí le agarró un infarto masivo y se me fue. ¡Qué bien me haría tenerlo ahora!

CUANDO VEO a un deportista argentino ganar en el exterior me causa mucha alegría, porque me trae tantos recuerdos… En nuestra época eran muy poquitos los que andaban con nosotros en Europa, conmigo y con Juan. Cada uno cumplió su ciclo, pero recordar la historia de vez en cuando es muy lindo.

(Escuchó: Pablo Vignone)

 

 

3 COMENTARIOS

  1. Muy bueno el «escuchó: Pablo Vignone» tipos así son para escuchar, aprender, imaginar y admirar, lo mismo que me pasa cuando leo las historias y reflexiones del chueco.

  2. me hizo llorar. qué buena nota. destacarse humanamente todavía más que por sobre los logros deportivos, es la hazaña más grande de estos gigantes, don pepe froilán gonzález y el chueco juan manuel fangio.

DEJÁ UN COMENTARIO

Por favor escribí tu comentario
Por favor ingresá tu nombre