UNA HISTORIA INCREÍBLE, CON UN INGREDIENTE DE AUTOMOVILISMO
La vida de Violette Morris (1893-1944) está repleta de detalles escabrosos que muchas publicaciones modernas explotan para conseguir clics. Era lesbiana y una deportista decidida en innumerables disciplinas antes de ser expulsada por violar las «normas morales». Se dice que se operó los senos para mejorar su rendimiento en las carrera de automóviles. Fue acusada de asesinato en un caso de gran repercusión. También fue invitada personal de Adolf Hitler en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, y posteriormente se convertiría en una despiadada colaboradora nazi conocida como la Hiena de la Gestapo.
Pero, ¿quién era Violette Morris? Nació en París el 18 de abril de 1893, hija de un capitán de caballería francés retirado y una inmigrante árabe palestina, y pasó la mayor parte de su juventud al cuidado de monjas en un convento. En 1914 se casó con Cyprien Gourard, aunque se divorciaron en 1923.
Tenía una complexión muy fuerte y parecía inclinarse por pasatiempos que requerían mucha fuerza física. Durante la Primera Guerra Mundial, aprendió a conducir para convertirse en conductora de ambulancias, y en 1917, inició su carrera profesional en el fútbol femenino, aunque también estaba muy involucrada en el boxeo, la natación, la lucha grecorromana, el waterpolo, el tenis, el tiro con arco, el buceo y el ciclismo; su lema en aquel entonces se traducía como: «¡Lo que hace un hombre, Violette también lo puede hacer!». Participó en los primeros Juegos Olímpicos exclusivamente femeninos en Montecarlo en 1922, donde ganó dos medallas de oro y una de plata, y al año siguiente, fue campeona de boxeo y ganó regularmente combates contra hombres.
Debutó en las carreras en 1922 al volante de un ciclomotor Benjamin en el Bol d’Or Automobile, en un circuito a las afueras de París. Era una competencia de 24 horas, sin relevo. Incluso se unió a la compañía automovilística francesa BNC como piloto oficial, lo que significaba que BNC le pagaba por competir con coches que ellos mismos fabricaban y preparaban. Consiguió victorias absolutas en varias carreras e incluso abrió su propio taller en París, donde reparaba y construía coches de competición.
Desafortunadamente, la vida de Violette se torció por completo en 1928. Para participar profesionalmente en el deporte femenino, necesitaba ser miembro de la Federación Femenina Deportiva de Francia… y dicha organización se negó a renovar su licencia de competición antes de los Juegos Olímpicos de Verano de 1928. La organización alegó inicialmente su presunta «falta de moral», refiriéndose principalmente a su afición por vestir ropa de hombre, su hábito de fumar y su uso frecuente de palabrotas. También había agredido a un árbitro durante un partido de fútbol y fue acusada de suministrar anfetaminas a sus competidoras. Ese mismo año, también le revocaron la licencia de atleta, de nuevo, por motivos supuestamente morales.
En 1930, Violette intentó demandar a la Federación Francesa de Deportes Femeninos, alegando que su negativa a otorgarle una licencia era injusta y que le había costado su carrera como atleta profesional. Se enfrentó a abogados implacables, entre ellos mujeres que eran conocidas defensoras de los derechos de las mujeres francesas; personas tan decididas a impedir que Violette actuara que recurrieron a los libros de historia para encontrar una ley poco conocida del siglo XIX, que prohibía a las mujeres usar pantalones, como argumento.
La sexualidad de Violette también fue mencionada con frecuencia durante el juicio. Si bien nadie argumentó explícitamente que su identidad como lesbiana fuera la razón de la revocación de su licencia, sí utilizaron esa identidad para ilustrar aún más su supuesta falta de moral.
Violette perdió el juicio. Tras el proceso, declaró a la prensa: «Vivimos en un país corrompido por el dinero y los escándalos, gobernado por charlatanes, intrigantes y cobardes. Este país de gente insignificante no es digno de sus mayores, no merece sobrevivir. Algún día su decadencia lo reducirá a la esclavitud, pero si sigo aquí, no seré una esclava. Créanme, no está en mi naturaleza».
Aquellas palabras se convertirían en proféticas. Si bien logró encontrar un lugar entre algunos artistas e intelectuales franceses, muchos de ellos la abandonaron en la década de 1930, cuando fue acusada de homicidio tras disparar a un hombre que la atacó a ella y a su pareja con un cuchillo.
Pero su nombre seguía presente en la comunidad deportiva internacional, y en 1936, Violette recibió una invitación que cambiaría el rumbo de su vida. El canciller alemán Adolf Hitler la invitó a acompañarlo como invitada de honor en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936.
La encargada de llevarle el ofrecimiento fue una vieja conocida de Morris, la automovilista alemana Gertrude Hannecker, que trabajaba para la Sicherheitsdienst (SD), la agencia de seguridad de la Gestapo.
No se sabe con exactitud qué hizo en Berlín, pero muchos historiadores suponen que Violette se sintió vista y apreciada por primera vez en su vida.
¿Hitler realmente la apreciaba o simplemente buscaba un aliado en Francia que comprendiera las complejidades de la guerra? Al estallar la Segunda Guerra Mundial, en 1939, Violette se convirtió en colaboradora nazi, recorriendo Francia en coche para recabar información sobre las fuerzas francesas e informar a Alemania.
El Premio Nobel de Literatura 2012, Patrick Modiano, la menciona en su fabulosa Trilogía de la Ocupación, describiendo su aviesa pasión por la tortura en el París ocupado por los nazis. Morris se había transformado en una máquina de martirizar detenidos, especialmente mujeres. Fue en ese período que la Resistencia francesa la apodó la Hiena de la Gestapo y la condenó a muerte.
El 26 de abril de 1944 se cumplió esa condena. Las fuerzas aliadas se estaban preparando para el Día D, y para muchos miembros de la Resistencia, eso significaba ejecutar a colaboradores conocidos o sospechosos para evitar que los alemanes recibieran información que pudiera ayudarles a contrarrestar el ataque.
En Normandía, Morris fue vista conduciendo un coche en el que también viajaba una familia con dos niños. La Resistencia manipuló el motor y el vehículo se averió al costado de la carretera. Allí, miembros de la Resistencia la atacaron y asesinaron tanto a Violette como a la familia que la acompañaba, a quienes también se les consideraba colaboradores nazis.
Nadie reclamó su cadáver, por lo que fue enterrada en una fosa común sin nombre.
Fuente: Elizabeth Blackstock/Deadly Passions, Terrible Joys.
3-7-2026



















