Hay coches que se miran, otros que se admiran y luego está Bugatti.
Hay personas que tratan su coche como si fuera de porcelana. No se puede comer dentro, nadie puede apoyar la mano sobre la carrocería, las llaves siempre van separadas para evitar el temido arañazo y cualquier muestra de tierra, se convierte en un asunto de Estado.
Todos conocemos a alguien así. Pues bien, Bugatti acaba de darles la razón. O, al menos, les ha dado un argumento imposible de superar: ahora sí existe un deportivo que, literalmente, es de porcelana.
Puede parecer una extravagancia (y probablemente lo sea), pero en realidad esta historia va mucho más allá de un material poco habitual. El Blanc Éternel representa esa obsesión casi enfermiza por llevar el lujo un paso más allá, incluso cuando parece que ya no queda ningún territorio por conquistar.
Si otras marcas presumen de fibra de carbono vista, titanio mecanizado o aluminio aeronáutico, Bugatti ha decidido recuperar un material asociado tradicionalmente a las vajillas más exclusivas, para convertirlo en protagonista de un coche con un motor 1600 CV! capaz de superar con holgura los 400 km/h. Sí, así como suena.
Lo curioso es que no es la primera vez que la firma francesa se atreve con semejante idea. En 2011 presentó el Veyron Grand Sport L’Or Blanc, primer automóvil del mundo que incorporaba porcelana auténtica. Aquel modelo sorprendió porque rompía con todos los códigos habituales de las altas prestaciones. Catorce años después, la emblemática marca ha recuperado aquella colaboración con KPM, pero desde una perspectiva mucho más refinada y contemporánea.
El nombre, Blanc Éternel, ya ha dejado entrever hacia donde van los tiros. La carrocería luce un blanco impoluto decorado con un complejo entramado de líneas negras que recorren todo el coche; como si alguien hubiera dibujado sus volúmenes directamente sobre la pintura con un rotulador. El efecto es sorprendente y con un punto kitsch. Dependiendo de la luz y del ángulo desde el que se observe, parece casi una ilustración técnica convertida en objeto tridimensional. Hay algo de boceto de diseñador, de plano prototípico e incluso de estética propia del comic en un coche que, vaya paradoja, sigue siendo una de las máquinas más salvajes jamás construidas por Bugatti.
La porcelana, sin embargo, no se queda en un simple detalle testimonial. Se encuentra en el emblema delantero, en distintos elementos exteriores, también tapas del combustible y de aceite e incluso, en piezas ubicadas debajo del capot. Pero es cuando son abiertas las puertas, cuando el trabajo artesanal brilla con más intensidad. La consola central, palanca de cambios, interruptores en levantavidrios o en rejillas de los parlantes, incorporan inserciones de porcelana fabricadas y pulidas a mano. Todo rodeado por un habitáculo tapizado en cuero blanco, que reproduce el mismo lenguaje gráfico del exterior.
Lo más llamativo es el evidente contraste que supone la porcelana (un material asociado a la delicadeza), con la forma de un coche concebido para exprimir uno de los motores más espectaculares de la historia del automóvil.
Bajo su carrocería sigue latiendo el monumental W16 ocho litros y cuatro turbocompresores con 1600 CV de potencia. El mismo propulsor que durante dos décadas ha definido el ADN moderno de Bugatti.
Resulta inevitable preguntarse quién será capaz de conducir con tranquilidad un coche de tamaña envergadura. Porque si ya había propietarios que sufrían al ver cómo alguien apoyaba una mochila sobre el asiento del deportivo, ahora la obsesión alcanza un nuevo nivel.
Ante semejante Bugatti, se deja de lado una forma de hablar en forma elogiosa de un auto, cuando sabe escucharse esa de «tratar el coche como si fuera de porcelana».
Ocurre que ahora, lo es de verdad.
nota y fotos publicada en GC
07-07-2026
























