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EDITORIAL DE VISIONAUTO

Como producto de su decadencia, la declinante potencia imperial en la que se ha convertido el Reino Unido genera personalidades caducas o decrépitas como el barrabrava de finos modales Jeremy Clarkson, que intentan sostener su relativa vigencia a base de escándalos.

Clarkson tiene un problema con los argentinos desde que su más provocadora aventura acabó muy mal. Eso ocurrió cuando vino a grabar al país un capítulo de su serie TopGear con un coche que llevaba una patente fraguada que desafiaba la buena voluntad de sus anfitriones. Tuvo que salir corriendo, con la cola entre las patas.

Esa potencia decadente sigue sin entender que para nosotros la cuestión Malvinas es central. Forma parte del núcleo de la argentinidad. Rancios colonialistas, jamás podrán interpretar como corresponde ese sentimiento tan profundo.

Por supuesto: Ya hicimos una guerra y perdimos. No queremos otra, como amagó la administración Milei. Para la mayoría del pueblo argentino, en clara desventaja militar, el terreno donde se dirimen las disputas es -mientras tanto, hasta que se resuelve la cuestión fundamental- otro. El deportivo.

Clarkson no solo debe estar dolido por la forma en que tuvo que salir huyendo -¿cómo estos «sudacas» no lo trataron con el respeto debido y no toleraron esa provocación, de las millones que su reino ha dispuesto con arrogancia por todo el planeta?- sino porque, además, nos hemos tomado revancha en el campo de juego. Porque nos reímos de ellos. A carcajadas.

Parece que fue hace mucho, pero solo pasaron tres meses de la noche de Atlanta, cuando los arrogantes ingleses defendían 6-3-1 su ambición de pasar a la final de la Copa del Mundo, y en los últimos cinco minutos el seleccionado argentino los hizo trizas, jugando su mejor partido del certamen y reabriendo las heridas. No fue casualidad. Ya había ocurrido en 1986.

Esa potencia decadente que se enorgullece de ser la base de una industria como la Fórmula 1 que genera miles de puestos de empleo ya ni siquiera es propietaria de ella. Pero sus súbditos viven en la fantasía del “siga, siga”.

Ese “siga, siga” colonial y supremacista está empeñado en creer que hay un grado de superioridad manifiesta respecto de la periferia. Que les hace pensar que tienen derecho a hacer lo que no les permiten hacer a los demás.

Están muy equivocados.

La reacción en las redes frente a la nueva provocación de este cuestionado personaje fue inmediata y razonable. ¿Qué hace la FIA que no le pone los mismos límites? ¿Acaso sus dirigentes se graduaron como sommeliers de provocaciones y pueden determinar desde sus tronos cuáles son las que ofenden y cuáles las que hay que tragarse?

Alpine, un equipo francés fincado en Inglaterra y dirigido por un italiano, tiene como piloto a Franco Colapinto, un argentino. Que se merece el mismo respeto que los franceses, los ingleses y los italianos. Que es, como nosotros, un sudamericano. No un sudaca.

Aunque el personaje en cuestión, decadente, decrépito y caduco, le venda lechuguita orgánica a Alpine y por esa razón sea convidado a la carrera, no tiene el menor derecho de ofender a uno de los empleados más caracterizados del establecimiento que lo invita a compartir la experiencia.

Como se ve, ni siquiera es ingenioso: impresentable como es, apela siempre a la misma estrategia -la escandalización- para ganar repercusión.

Competimos de igual a igual en la Fórmula 1, aunque pretendan rebajarnos el precio. Aunque quieran discriminarnos.

No estamos a favor de la locura en las redes, pero sí de la reacción enérgica e inmediata ante la barbarie de los que se creen más civilizados.

Y cada tanto les tiramos con un Maradona. O un Messi.

Y seguimos reclamando lo que nos corresponde.

26-10-2026

 

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