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EN MÓNACO, DE TUERO A COLAPINTO.

Haber estrechado la mano al Príncipe Alberto II sin dudas, fue lo más inesperado de este retorno a la Fórmula 1 y, en especial, al Gran Premio de Mónaco.

El soberano se acercó para saludarnos a Juan Fossaroli y a mí, durante una de las salidas en vivo que estuvimos realizando, durante la cobertura del Gran Premio de Mónaco para Sportcenter, el noticiero de ESPN.

Haber vuelto al gran circo, vivirlo in situ y en una de las fechas más icónicas, resultó una de las gratificantes experiencias que brinda esta dinámica profesión. En 1996, 30 años atrás, me había desempeñado en aquellos comienzos en TELEFE. Entonces, también había un argentino corriendo en esas calles rodeadas de glamour. Así como hoy, la atracción se centra en Franco Colapinto como piloto en F-1, en aquel momento Esteban Tuero daba muestras en la clásica Fórmula 3, que él también llegaría a formar parte de esa exclusiva elite.

En tres décadas, el armado del circuito, boxes, tribunas, servicios evolucionó de manera exponencial. Buena parte del eje del fin de semana gira alrededor de las experiencias que el público pueda disfrutar. No hubo una sola localidad sin vender y las figuras del cine, la música, el deporte, la moda y toda aquella personalidad que se pueda imaginar desfiló por un Paddock prolijamente montado en el estrecho espacio que brinda el puerto en una de sus dársenas. Incluso los muelles estaban repletos de yates de lujo hasta embarcaciones más modestas entre las que se destacaban una con bandera argentina y otra con la de Ferrari.

Otro momento gratificante, fue el saludo de bienvenida -tras el primer contacto- de Franco, gustoso de verme en la cobertura de la carrera. Las posibilidades de poder entablar conversaciones con los pilotos, sigue tan restringidas como en el pasado. Si el automovilismo se rige por tiempos y velocidad, los horarios estrictos marcan la agenda de cada jornada, rigurosamente. De hecho, hasta los pilotos son multados si se retrasan o no llegan a presentarse tal como les fue estipulado. Los agentes de prensa “corren” detrás de sus pilotos para asistirlos e indicarles cuándo, dónde y con quién, tienen que cumplir con el requerimiento periodístico o de relaciones públicas. Aníbal, el papá de Colapinto, hace unos días en el Museo de Luján me confesaba que no iría a Mónaco, precisamente, por la imposibilidad de poder compartir un poco de tiempo libre con su hijo. Tan tabulado está todo, que el domingo a la mañana, en pleno ingreso al circuito, entre firmas de autógrafos y fotos con las fans, le extraje como declaraciones “hola Pablo” y “todo bien”, pues la responsable de redes de Alpine, ya lo requería para brindar un mensaje sobre su arribo y con el mate en mano, en un ambiente donde lo más se tomó en los 4 días del evento fue champagne.

Ver a Juan Pablo Montoya, Mika Hakkinen, David Coulthard, Jason Button, Martin Brundle, Pedro de la Rosa, John Watson, Emerson Fittipaldi, entre otros muchos ex pilotos -algunos de ellos como comentarista de TV o embajadores de algunas escuderías- me hizo ver la película del ayer y hoy en segundos. Estar a metros de Lewis Hamilton, Max Verstappen, Charles Leclerc, Lando Norris y Kimi Antonelli, otra muestra de lo veloz que la vida pasa y que, si bien los recuerdos no desaparecen, el presente avasalla y más en tiempos de viralizaciones, de espontaneidad, de historias de un día.

En 1996 la carrera fue de las inéditas. Ganó Olivier Panis, largando decimocuarto con un Ligier. Fue a la conferencia de prensa y no sabía inglés, se tuvo que improvisar con un traductor para poder preguntarle y conocer sus sensaciones. Hoy esto ya no sucede, el profesionalismo extremo, excluiría a un Panis de entonces. Pero también fue una carrera con condimentos varios. Y en la vorágine, dos horas después de concluida, todo se desmontaba, se cargaban los camiones y se emprendía camino a Barcelona donde cuatro días después empezaba o continuaba todo, con esa rutina propia del mundo Fórmula 1.

Mónaco, la Costa Azul, un paisaje único. Fórmula 1 y glamour. Una carrera sin sobrepasos, pero genial por un ambiente sin igual. Fue lindo volver.

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